DESEO Y BUDISMO: NOCIONES INTRODUCTORIAS

El deseo ha ocupado un importante lugar en la doctrina budista. Al punto que algunos estudiosos han interpretado o resumido la Segunda Noble Verdad (La noble verdad del origen del sufrimiento) como “el deseo es la causa del sufrimiento”. Sin embargo, para entender esto es necesario comprender muy bien la naturaleza del deseo desde la perspectiva budista y su implicación con otros conceptos fundamentales como “Lobha” (avidez o codicia) “Raga” (apego) y “Moha” (Ignorancia) en los que profundizaré más adelante.

La primera distinción fundamental que debemos reconocer es la existencia de dos tipos de deseo:

  1. El deseo por las cosas esenciales, es decir, biológicas. Por ejemplo, el deseo de alimentarme, de descansar, de acobijarme. Y  
  2. El deseo por las cosas no esenciales, no naturales, que se configuran a partir del ego. Por ejemplo, deseo de poder, de reconocimiento, de apetitos sensoriales, etc.

Esta distinción es fundamental, dado que el budismo condena enérgicamente las prácticas acéticas o “Tapas” de la doctrina hinduista que empujan a mortificar el cuerpo físico, como medio para desprenderse del deseo. En este sentido la doctrina del Buda siempre se enmarca en el “camino del medio”, es decir, en no renunciar a nuestras necesidades biológicas y corporales, pero tampoco exacerbarlas y darle una importancia mayor a la que realmente tienen.

Para hacer la distinción encontramos en el budismo dos términos que pueden ayudarnos a hacer esta diferencia:

Por una parte, tenemos el término “Chanda” que puede traducirse como “voluntad de” para indicar precisamente esa energía o empuje a hacer las cosas. Chanda puede ser positivo cuando nos conduce a desarrollar acciones positivas para nosotros mismos y los demás por ejemplo practicar la meditación, servir a los demás, proveernos nuestro sustento, etc. o puede ser negativo cuando nos lleva a cometer acciones perjudiciales. En la idea de Chanda no está implícita una connotación negativa, al contrario, es muy útil para asumir las labores diarias de una existencia condicionada.  

Pero, por otra parte, encontramos el concepto de “Taṇhā” que sería la palabra para designar el deseo que conduce al sufrimiento. Existe al menos tres tipos de “Taṇhā”:

  1. Kama “Taṇhā”: El deseo a los placeres sensoriales, es decir, el deseo a objetos que provienen del mundo de la forma y que entran por alguna de las seis puertas (ojo, oído, tacto, nariz, mente, boca).
  2. Bhava “Taṇhā”: El deseo de ser algo, de tener una identidad.
  3. Vibhana “Taṇhā”: El deseo de la no existencia, entendida como las ganas de no existir para no experimentar el dolor.  

Estas tres formas de deseo reducen sustancialmente nuestra capacidad de pensar con claridad, puesto que detrás del deseo existe un afán inconmensurable de querer controlar, y es precisamente en ese momento donde empieza nuestra desdicha.

Para los budistas “Taṇhā” tiene la cualidad de agarrase (de pegarse), puesto que su causa inmediata es ver el disfrute en cosas que conducen a la esclavitud. En otras palabras, el deseo conduce al deseo, haciéndonos entrar en un ciclo perpetuo de satisfacción-insatisfacción. El deseo queda atrapado en sí mismo, porque nunca tendrá un objeto capaz de satisfacerlo, en cierto sentido “deseamos desear” para sentirnos vivos porque estamos completamente alejado a nuestros procesos biológicos y naturales. Si realmente prestáramos atención a la naturaleza de las cosas, nos daríamos cuenta inmediatamente de la trampa que se esconde en el deseo.  

Para entender en profundidad las implicancias del deseo en la concepción budista hay que profundizar en otros conceptos íntimamente relacionados. Dentro de los cuales destaca “Lobha” que puede traducirse como avidez o codicia, el cual hace parte de los tres grandes venenos (Lobha, Moha, Dosha). La codicia nos empuja a factores mentales tan nocivos como el odio, el egoísmo, la venganza, y a un estado de perpetua inconformidad donde nada es suficiente.   

También encontramos el concepto de “rāga” que podemos traducirlo como apego. El apego nace de la sobreestimación de las cualidades de un objeto o de una persona. Pero en la práctica nos apegamos realmente a la idea mental que hacemos de ese objeto de apego y/o a las sensaciones que este nos causa, y no al objeto en sí mismo. Por ejemplo, un adicto al cigarro, no se apega realmente al cigarro sino a las sensaciones que se le gatillan cuando fuma. Con las personas sucede los mismo, no nos apegamos a una persona, sino a las sensaciones de seguridad y placer que nos da esa persona o relación. Debemos recordar que el mundo material (en el que se incluyen nuestro propio cuerpo) es impermanente, vacío y cambiante, entonces ¿Qué mente sana se podría apegar a algo que no puede existir más allá del presente?

En término estrictos el budismo no busca el desapego porque realmente no hay nada de que apegarse. Cuando uno entiende este fundamento, vuelve a vivir plenamente en el mundo, sin la necesidad si quiera de meditar, renunciar o llevar una vida religiosa. Lo sagrado se vuelve profano, y en lo profano brilla la inconmensurabilidad de la consciencia.

Como señaló el gran maestro Dōgen quien desea comprender el sendero del Buda debe estudiarse a sí mismo, estudiarse a sí mismo es olvidarse de sí mismo, y al olvidarse de sí mismo se puede ser iluminado por todas las cosas.

El deseo sólo es posible a partir de “Moha” la ignorancia, que nos hace concebirnos separados de los demás y de todas las cosas. Sólo se puede desear u odiar algo a partir de la idea de un otro. Por eso el iluminado vive en gracia con todas las cosas.

El dilema finalmente es cómo eliminar el deseo sin desear no desear, una trampa de la cual sólo podremos salir una mente no atrapada en el intelecto.

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