Presentación libro «Agua en el Cántaro»

Estas palabras corresponden al discurso pronunciado por el autor en el lanzamiento del libro en la ciudad de Valdivia el 03 de Octubre del 2026, que tuvo lugar en «Espacio Fluvial».

Desde que empecé con la idea de concebir este libro, me ha sido casi imposible alejarme de su dimensión bibliográfica e íntima; estuve tentado a escribir un prólogo académico (no academicista) como lo hubiese hecho Susan Sontag (guardando las distancias), pero terminé haciendo un texto bastante coloquial sobre mi encuentro con la poesía, que, dicho sea de paso, resulta ser un ejercicio que les recomiendo, porque de rebote o de frente la poesía siempre habita nuestras vidas.  

Por esta razón, hoy no romperé esa tónica y más que hablarles de las bondades literarias de mis poemas, cosa que por cierto sería bastante pretensiosa, les contaré un poco por qué escribo y qué temas inspiran mi escritura poética.

Partiré admitiendo que para mí la poesía ha nacido siempre desde un lugar incómodo, por eso cuando en algún momento pensé, muy de joven, ser escritor, nunca se me fue el nudo en la guata, entonces cuando tocó decidir elegí la sociología, y la idea gustó en casa, porque si bien no soy de los hijos que pasan de querer estudiar medicina a estudiar arte, de escritor a sociólogo hay un margen levemente mayor de empleo.    

Entonces para mí el oficio de escribir se sitúa en el lugar del “pero”: El trabajo va bien pero… el amor va bien pero… Las amistades van bien pero… Como leí alguna vez “la literatura nace precisamente después de ese pero…ahí habitamos, desmadejamos o intentamos iluminar con palabras el desorden interno”.

Creo que todos los que escribimos lo hacemos al fin de cuentas por necesidad; tal vez no una tan existencial como la de Clarice Lispector (cito una parte del prólogo del libro) “Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible liberarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba”.

Hay quienes escriben desde la necesidad de compartir el éxtasis de la espiritualidad o la belleza del mundo; pienso en Sor Juana de la Cruz, en Basho, o incluso en el mismo Tagore.

Hay otros que escriben para afirmarse en ese vacío que deja la angustia o el terreno infértil de la vida cotidiana; pienso en Pizarnik, Sylvia Plath, en Alfonsina o en el mismo César Vallejo.

Hay otros que escriben desde la urgencia porque la barbarie les ciñe las espaldas, porque su mundo se cae a pedazos: Paul Celan, Franz Kafka, Bertolt Brecht desde el exilio y aunque no poeta Walter Benjamin.

Aunque lógicamente, ningún escritor escribe desde un solo territorio.

Yo, en cambio, escribo desde la necesidad de integrar mis múltiples partes, por eso pienso la escritura casi como un ejercicio de “individuación” en la concepción clásica jungiana, es decir, como “el proceso mediante el cual el individuo deviene en sí mismo” o “el camino por el cual llegamos a ser quienes realmente somos”. Esto significa dejar aflorar las luces y las sombras, las partes irresueltas que quisiéramos ocultar o negar. Lo que no está bien, pero pulsa; lo que nos avergüenza y a su vez nos hace cómplices.      

En este sentido, escribir requiere coraje, porque es abrir puertas y ventanas sin conocer del todo los planos. Pizarnik lo dice tan crudamente: «Escribir es buscar en el tumulto de los quemados el hueso del brazo que corresponda al hueso de la pierna». Dejarse leer es arriesgarse a que alguien pueda asomarse e incluso ingresar por alguna de ellas. Por eso escribir es exponerse:

Te fui íntimo.

Primero te mostré mi biblioteca

luego mis marcas de fracaso y dolor 

y mis poemas.

Y ahí me hallé desnudo

como orilla en bajamar

como la pampa al alba…

Pretender escribir un libro de poesía sin ser poeta de oficio es como decidir pasar una noche de campo en la intemperie. La idea parece seductora: basta con dejarse llevar y atreverse. Pero, con el paso de las horas, llega el frío, el cansancio, los miedos y el deseo de volver a la comodidad de la casa; en mi caso, de guardar los poemas en un cajón para mí o para algún inusual momento en que alguien se interese. Sin embargo, esta vez elegí quedarme. Permanecer hasta el amanecer. Y el resultado es este libro.

Mi primer libro de poesía, desnudo de cualquier pretensión de crítica y éxito. La poesía de este libro es simple, llana y sincera, no sé si hay genialidad, pero sí esfuerzo y gracia, dedicación y aprendizaje, sobre todo aprendizaje, y ganas de habitar poéticamente el mundo. 

Uno de los aciertos que me han comentado algunos ha sido el título “Agua en el Cántaro”; la idea devino de la fuerza de la imagen. El cántaro sin agua es pura materialidad, pura potencia. Por otra parte, el agua sin cántaro es puro flujo, puro derrame. El agua es como el flujo de la vida: las emociones, las vivencias, las impresiones, entonces en un momento el agua se contiene y se aquieta, en esa completud se refleja el mundo en la superficie del cántaro con agua. Eso es, para mí, la poesía: el lenguaje lleno de vida. 

¿De dónde nace la inspiración de este libro?

Como ya venía diciendo, la poesía para mí habita en la duda, en la incomodidad translúcida, en la necesidad de querer callar algo con palabras. En la necesidad imperiosa de sortear lo obvio, lo categórico. La poesía es un ejercicio alejado de los lugares comunes, del cliché. Escribiendo este libro aprendí que la poesía no se lee, sino que se siente y se escucha. No se trata de pegar palabras y de aunar rimas, sino de evocar, de construir imágenes, de despertar en el lector algo que se retenga.

Los puntos de inspiración para este libro son varios, en especial porque en él hay más de 15 años de escritura. Uno de ellos es el de las relaciones y su pegamento primario: el amor, el amor en todas sus formas y expresiones, el amor de pareja, el amor paternal, amor que libera

“Te amo

Por hacerme libre

de ataduras, concesiones

y recelos

Libre de formalidades.”

El amor que oprime, el desamor y otros tantos grises. El amor como potencia creadora. Como dolor y grito / como resurrección y abrazo. Uno de esos poemas de amor que más me gustan se titula “A tu lado”.       

A tu lado

De pie, como opositor o como cómplice.
Ahí estaré, a tu lado.

Aunque no me quieras, aunque no me odies.
Ahí estaré, a tu lado.

Aunque me veas, aunque me ignores.
Ahí estaré, a tu lado.

Aunque me dejes, aunque me apoyes.
Ahí estaré, a tu lado.

Porque amo tu cadencia,
tu sustancia de carne y estrella,
tu impronta de criatura voraz,
tu genio de tormenta,
tu esencia de Venus y de Marte.

Ahí estaré,
aunque suspire la aurora,
se incendie la tarde,
se nuble el ocaso,
y llore la noche.

Ahí estaré,
aunque se sequen los mares,
se acallen los bosques,
se marchite la flora.

Aunque no queden paisajes
ahí estaré, a tu lado.

Otro elemento muy presente en mi poesía viene de lo que me gustaría llamar “los ecos culturales”, la atmósfera de referencias culturales que acompaña la existencia, en especial aquella proveniente de los libros, el cine y de la música. Hay muchos poemas que parten de la imagen o de la impronta que me han dejado otras producciones, por ejemplo, el poema “Los Tibios” es un guiño evidente a “Los Nadies” de Galeano y su hermoso libro de los abrazos; muchos de los poemas de la segunda parte están teñidos por la complicidad afectivo-platónica entre Julio y Cristina, me refiero a Cortázar y Peri Rossi, y el deseo de también querer experimentar una relación de esta naturaleza. El cine también está presente, aunque de una forma menos evidente y manifiesta, creo que le debo mucho de mi sensibilidad poética a las películas de Aristarain, siempre, después de verlas, escribo o me tumbo en el sofá y sueño que soy protagonista de sus mundos. Y la música, claro está, el poema “Mariposa” está evidentemente marcado por la canción homónima de Silvio, al punto que tuve que fijarme bien en su letra para evitar una coincidencia odiosa, porque nadie me creerá que Silvio copia mis poemas. Finalmente hay un poema que nació escuchando aquella icónica canción del MPB brasilero “Você Não Entende Nada” que tiene una maravillosa versión en dúo Caetano Veloso y Chico Buarque; ese poema se llama “Acuerdo” y se los voy a leer.

Acuerdo

A veces te digo la palabra mundo
y eso te inquieta y te enfada
porque tienes vocación de pueblo
de intimidad y descanso.

Y yo solo quiero asaltar al planeta
y reordenar sus cauces
y reescribir su historia
con afán justiciero.

Hacer del sur
el norte de la gratuidad
y del oriente, profundidad cotidiana.

Y aunque por años fui feliz,
y tuve como brújula tu encanto
y un sinfín de ocupaciones cotidianas
reposé mis versos en el suelo.

Pero un día florecieron
y no pude contener su efluvio

quisieron honrar la voz
de los héroes sin nombre
que hoy se amontonan en fronteras
o yacen amortajados
bajo las grandes obras.

Entonces retomé mi trote
enarbolé mi voz esperanzada
y me lancé afanoso,
a esta labor redentora.

Y te dije nuevamente mundo
y esta vez me tomaste de la mano
y con certeza y militancia
dijiste mundo:
¡Aquí vamos!

Finalmente hay algunos poemas basados en la naturaleza, en especial en la tercera parte del libro. La conexión es lógica: la naturaleza es “par excellence” la fuente primaria de inspiración; todo vuelve a ella, la naturaleza es la gran contenedora y catalizadora de nuestros cambios, en niveles que no vemos y que ni siquiera imaginamos. Bueno, no creo que se lo tenga que explicar a ustedes que viven en Valdivia Ciudad-Santuario. Por eso me resulta tan natural y necesario escribirle. Aquí les dejo un poema que precisamente se llama “Naturaleza viva”.

Naturaleza viva

El mar me entró por los ojos
y su inmensidad arrebató mis penas.

El viento remeció y secó mis ropas,
y su silbido constante
aquietó mi mente.

El río me susurró de frente,
y su torrente cristalino
renovó mis votos
encaminó mi cauce
de cordillera a valle.

El bosque nemoroso
me colmó de fertilidad y tierra
floreció en mí
con su diáspora de plantas
animales y esporas.

El desierto expandió mi consciencia
y su amplitud
enmudeció mi mezquindad y miseria.

La naturaleza me habitó
de sur a norte
de glaciar a delta
de solsticio a equinoccio
de magma a exósfera.

Me habitó por dentro y por fuera
con su vendaval de voces
sus flashes coloridos
sus recorridos salvajes,
con sus parajes inhóspitos.

Entonces comprendí sus signos
descifré sus tiempos
y abracé sus formas.

Me entretejí en su orden sacro
me disolví en su red extensa
en su sinapsis rizomática
en sus venas subterráneas,
en sus ríos atmosféricos.

Y al fin comulgué con su misterio,
y pude habitar su estruendo,
su mudez y su canto.

La naturaleza me habitó,
me abrazó,
me vistió con su manto.

Bueno, eso es lo que quería compartirles sobre “Agua en el Cántaro”, libro que contiene cuarenta poemas, quince años de aproximación poética y el más importante de los propósitos: poner un granito de arena en la resistencia cultural ante un mundo que procesa pero que no piensa, en un mundo estridente y absurdo, en un mundo acelerado y de simulacros. Sigo creyendo que la poesía todavía tiene algo que ofrecer, como dijo Paul Celan, que se preguntaba dramáticamente si podía haber poesía después del holocausto. Su respuesta fue “Es tiempo de que sea tiempo”. “El poema puede ser un apretón de manos”. Me gusta pensar que este libro intenta ser precisamente eso. Un gesto de encuentro. Gracias por venir y compartir conmigo este momento tan único. Muchas gracias.   

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