HACIA UNA POLÍTICA DE LA ESPERANZA

Texto preparado para la segunda conferencia de EBBF Chile (Peñalolén 20 y 21 de agosto)

1. Cuando el futuro deja de ser una promesa

Una de las características de nuestro tiempo parece ser la creciente dificultad para imaginar el futuro como un lugar mejor que el presente. Esta crisis de la promesa moderna se expresa, entre otros fenómenos, en lo que Manuel Castells (2020) describe como una profunda ruptura entre gobernantes y gobernados, asociada a la pérdida de confianza en las instituciones y a una crisis de legitimidad de la democracia liberal. El trabajo, el Estado, la democracia e incluso las identidades colectivas pierden parte de su capacidad para organizar la experiencia y configurar narrativas capaces de construir proyectos comunes.   

François Dubet (2019) reconoce, desde otro lugar, la emergencia de un tiempo dominado por las pasiones tristes: frustración, resentimiento, indignación y desconfianza alimentadas por desigualdades que ya no son experimentadas únicamente como posiciones dentro de una estructura social, sino como múltiples injusticias que afectan personalmente a los individuos.

Inseguridad y desencanto convergen entonces en una emoción particularmente poderosa: el miedo. Como advierte Martha Nussbaum (2019), el miedo posee una extraordinaria capacidad para estrechar nuestro mundo moral: concentra nuestra atención en nuestra propia supervivencia, aumenta la percepción de amenaza y facilita que identifiquemos responsables de aquello que nos ocurre. En sociedades atravesadas además por décadas de individualización neoliberal, la vulnerabilidad deja de ser comprendida como una condición compartida y comienza a experimentarse como un problema que cada individuo debe resolver por sí mismo.

Las consecuencias políticas están a la vista: polarización, intolerancia, repliegue identitario y cámaras de eco en las que nos encontramos cada vez más con quienes piensan como nosotros y menos con quienes habitan otras experiencias del mundo. La posibilidad de construir una vida en común comienza entonces a parecernos cada vez más distante.

Frente a este escenario parecen abrirse, al menos, tres caminos. El primero es la resignación: aceptar que el deterioro de nuestras sociedades es irreversible y prepararnos individualmente para sobrevivir a él. El segundo es un optimismo voluntarista, presente en ciertas expresiones de la psicología positiva y de la cultura contemporánea de la autoayuda, que transforma problemas estructurales en disposiciones individuales y nos invita a modificar nuestra percepción antes que las condiciones que producen el malestar. Existe, sin embargo, una tercera posibilidad: construir una política de la esperanza.

2. Esperar no es creer que todo estará bien

Una política de la esperanza debe comenzar por distinguir la esperanza del optimismo. El optimismo descansa en la expectativa de un desenlace favorable: confiamos en que las cosas terminarán bien. La esperanza, en cambio, puede persistir incluso cuando las circunstancias no ofrecen ninguna garantía de que aquello que deseamos vaya a ocurrir. Mientras el optimismo depende de una expectativa respecto del futuro, la esperanza expresa una determinada manera de situarnos frente a él.

Ernst Bloch desarrolló esta intuición en El principio esperanza. Para Bloch (2004), la realidad no está completamente terminada ni el presente contiene la totalidad de lo posible. En ella habita un “todavía-no”: posibilidades que aún no han encontrado realización histórica. La esperanza surge precisamente de esa apertura. Esperar significa reconocer plenamente aquello que existe y, al mismo tiempo, negarse a aceptar que lo existente determine definitivamente aquello que puede llegar a existir.

Erich Fromm profundizó esta preocupación en La revolución de la esperanza. Hacia una tecnología humanizada. Escrito originalmente en 1968, en un contexto marcado por la expansión tecnológica, la burocratización y una sociedad crecientemente orientada por la producción y el consumo, Fromm (1987) advierte sobre el riesgo de construir un mundo extraordinariamente eficiente en sus medios, pero progresivamente incapaz de preguntarse por sus fines. El problema no es la tecnología en sí misma, sino una organización social en la que los seres humanos terminan adaptándose a las necesidades de los sistemas que ellos mismos han creado. Frente a ello, propone recuperar una orientación humanista: la economía y la tecnología deben estar al servicio de la vida y no la vida subordinada a sus exigencias.

La esperanza adquiere entonces una dimensión profundamente política. Para Fromm no equivale a una espera pasiva ni a una fe ingenua en el progreso. Implica preservar nuestra capacidad para imaginar, desear y construir formas de vida diferentes de aquellas que el presente ofrece como inevitables. La esperanza auténtica es activa precisamente porque descubre posibilidades allí donde la resignación solo reconoce determinaciones.

Esta preocupación reaparece, desde las coordenadas de nuestro presente, en el libro de Byung-Chul Han titulado El espíritu de la esperanza. Han (2025) contrapone la esperanza al miedo: mientras este último aísla, clausura posibilidades y reduce progresivamente la vida a la supervivencia, la esperanza vuelve a abrir un horizonte, permite imaginar aquello que todavía no existe y hace posible la acción. No elimina la incertidumbre, sino que permite relacionarnos de otra manera con ella.

Por eso, la esperanza no exige desconocer la catástrofe, la injusticia o el sufrimiento. Por el contrario, comienza por reconocerlos. No se trata de disminuir la gravedad de aquello que enfrentamos, sino de impedir que el diagnóstico del presente se transforme en una sentencia sobre el futuro.

Podemos entender entonces la esperanza como una forma de no renuncia. No sabemos si aquello que deseamos llegará a realizarse. No tenemos garantías de éxito. Pero nos negamos a conceder al presente el derecho de definir completamente el futuro. Esperar es sostener abierta la posibilidad de que las cosas puedan ser de otro modo.

3. La esperanza como praxis: resistir, decir la verdad, actuar

Pero la esperanza no puede permanecer únicamente en el terreno de la posibilidad. Paulo Freire lo comprendió con especial claridad. En Pedagogía de la esperanza, Freire (1993) sostiene que la esperanza constituye una necesidad humana fundamental, pero advierte que ella, por sí sola, no transforma el mundo. Separada de la acción puede degenerar en espera; desvinculada de la realidad, en ingenuidad. De ahí la importancia de la praxis: reflexión y acción sobre el mundo para transformarlo. La esperanza necesita hacerse práctica.

Esta perspectiva permite dar un paso decisivo: una política de la esperanza no se construye solamente imaginando futuros posibles, sino mediante acciones presentes que impiden que el orden existente se vuelva absoluto.

En El poder de los sin poder, Václav Havel (1978) imagina a un verdulero que cada día coloca en su escaparate una consigna política en la que realmente no cree. Su gesto parece irrelevante, pero contribuye cotidianamente a reproducir un orden sostenido precisamente porque miles de personas participan de sus rituales. Hasta que un día decide retirar el cartel. Havel llama a esta posibilidad “vivir en la verdad”.

Hay algo profundamente político en ese pequeño gesto. Quien aparentemente carece de poder conserva, sin embargo, una capacidad elemental: puede dejar de reproducir aquello que considera falso. La resistencia comienza entonces antes de conquistar instituciones o transformar grandes estructuras; comienza cuando alguien descubre que todavía puede actuar de otra manera.

Esta intuición encuentra una poderosa resonancia en Michel Foucault. En Historia de la sexualidad I. La voluntad de saber, Foucault (1976/2007) formula una idea fundamental: donde existen relaciones de poder existe también la posibilidad de resistencia. En sus últimos trabajos, particularmente en El gobierno de sí y de los otros y El coraje de la verdad, esta preocupación se encuentra con la antigua noción griega de parresía: el coraje de decir la verdad, incluso cuando hacerlo supone un riesgo para quien habla (Foucault, 2009, 2010).

Havel y Foucault convergen así en un punto particularmente fértil para pensar la esperanza: la libertad comienza cuando dejamos de considerar inevitable aquello que nos gobierna. Resistir no significa únicamente enfrentarse a un poder exterior. Significa también transformar nuestra relación con nosotros mismos, atrevernos a decir la verdad y recuperar nuestra capacidad de actuar.

Quizás pocas imágenes expresen esta idea con tanta fuerza como la fotografía tomada en 1989 en las inmediaciones de la plaza de Tiananmén: un hombre, cuya identidad aún desconocemos con certeza, permanece inmóvil frente a una columna de tanques. La desproporción es absoluta. De un lado, la maquinaria militar de un Estado; del otro, un individuo sosteniendo unas bolsas. Si midiéramos el poder únicamente por la capacidad material de imponerse, aquel hombre no tendría ninguno. Y, sin embargo, décadas después seguimos mirando esa fotografía.

No sabemos qué esperaba aquel hombre. Tampoco sabemos si pensaba que podía detener los tanques. Quizás ahí radique precisamente la fuerza de la imagen: la esperanza no comienza cuando tenemos razones suficientes para creer que venceremos, sino cuando, aun sin garantías, decidimos no renunciar a nuestra capacidad de actuar.

Una política de la esperanza se construye en esos actos: cuando alguien rompe el silencio, cuando una comunidad vuelve a organizarse, cuando escuchamos a quien piensa distinto, cuando cuidamos aquello que parece no tener valor, cuando nos negamos a reproducir una injusticia simplemente porque siempre ha sido así. Ninguno de esos gestos garantiza por sí mismo un mundo diferente. Pero todos ellos impiden que el mundo existente pueda presentarse como inevitable.

Quizás esa sea hoy una de las tareas fundamentales de la política: recuperar colectivamente la capacidad de imaginar que el presente no agota lo posible y actuar para hacer emerger aquello que todavía no existe.

REFERENCIAS

Bloch, E. (2004). El principio esperanza. Trotta. (Obra original publicada en 1954–1959).

Castells, M. (2020). Ruptura: La crisis de la democracia liberal (3.ª ed.). Alianza Editorial.

Dubet, F. (2021). La época de las pasiones tristes. Siglo XXI Ediciones (Obra publicada originalmente en 2019).

Foucault, M. (2007). Historia de la sexualidad I: La voluntad de saber. Siglo XXI. (Obra original publicada en 1976).

Foucault, M. (2009). El gobierno de sí y de los otros: Curso en el Collège de France (1982–1983). Fondo de Cultura Económica.

Foucault, M. (2010). El coraje de la verdad: El gobierno de sí y de los otros II. Curso en el Collège de France (1983–1984). Fondo de Cultura Económica.

Freire, P. (1993). Pedagogía de la esperanza: Un reencuentro con la pedagogía del oprimido. Siglo XXI.

Fromm, E. (1987). La revolución de la esperanza: Hacia una tecnología humanizada. Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1968).

Han, Byung.-Chul. (2025). El espíriti de la esperanza. Editorial Heder.

Havel, V. (1978). El poder de los sin poder.

Nussbaum, M. C. (2019). La monarquía del miedo: Una mirada filosófica a nuestra crisis política. Paidós.

Deja un comentario